Un ecosistema afectado por el taponamiento cíclico

    Cada año la misma situación y las consecuencias medioambientales se van sumando a la desembocadura del río Guadiaro. La solución demandada pasa por una intervención duradera que permita contener las corrientes, especialmente en temporales de levante

    Por Reyes Seijas · Fotos Antonio Muñoz

    La problemática es cíclica. De nuevo este verano se vuelve a taponar la desembocadura del río Guadiaro, provocando no solo un encuentro de competencias, sino y lo que es más importante, desencadenando consecuencias a un ecosistema que se ve claramente afectado. 

    Al margen de responsabilidades administrativas que parecen estar repartidas entre el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, la Junta de Andalucía, Puertos de Andalucía y el Ayuntamiento de San Roque, de los que se necesita un consenso y posterior intervención efectiva para paliar la problemática; el motivo de tal fenómeno tiene una explicación y unas consecuencias medioambientales que año tras año se van agravando. 

    Si en algo están de acuerdo las fuentes conocedoras consultadas, que llevan estudiando el fenómeno desde hace años, es que la intervención humana es en buena medida responsable de una situación que ahora requiere de una solución eficaz y duradera. En este sentido confluyen diversos frentes que provocan la acumulación de un gran tapón de arena en la bocana del río. 

    El descenso del caudal se produce especialmente en verano y en períodos de estiaje, así como por diversas intervenciones llevadas a cabo desde hace años, que hacen que no llegue con la suficiente fuerza y abundancia hasta el mar. De manera que cuando azotan los temporales de levante, la arena es empujada hasta dicha desembocadura, provocando el citado taponamiento.  El portavoz de Verdemar, Antonio Muñoz, habla de derivaciones de agua “destinadas principalmente al regadío de la agricultura, por lo que se hace necesaria una mejora y modernización de estos riegos”. Al tiempo que saca a la luz “la ampliación de miles de hectáreas de aguacates en secano y una batería de captaciones de emergencia, destinadas al abastecimiento urbano, que afectan sobre todo al tramo final del cauce”. 

    Para entenderlo con mayor profundidad y perspectiva, hay que recordar que la desembocadura del río Guadiaro era un delta y su bocana abría a derecha o izquierda, dependiendo de los temporales y del caudal que discurría hacia el mar. Pero, como expresa el portavoz, “los arrozales en las zonas bajas se convirtieron en naranjos, el material permeable se sustituyó por impermeables y se modificó el cauce del río”. Además, “se extrajeron decenas de millones de m3 de gravas que alimentaban las playas desde Torreguadiaro a Gibraltar”. A lo que más tarde se sumaron los trasvases de agua, “desde el año 2000 se han trasvasado más de 1.500 hm3 de aguas del Guadiaro al Majaceite en la provincia de Cádiz y se ha estado bombeando agua del acuífero a Málaga”, concretaba Muñoz. 

    Todas ellas, actuaciones que vienen a unirse a otra realidad que viene a ser también parte del problema: “se ha roto la dinámica del litoral con las construcciones en Sotogrande”.  Circunstancia que también viene a destacar el gerente de Ornitour, David Barros, cuando le pedimos su opinión en torno al tema y que amplía resaltando el retranqueo de cerca de 60 metros que ha sufrido la playa que linda con la desembocadura del río a lo largo de las últimas décadas y que ha llegado a provocar, en ocasiones, daños a las viviendas en primera línea de costa, que ahora están protegidas por un dique de piedras. Sin embargo, en otros puntos de la costa sanroqueña, como Torreguadiaro o Gualquitón, el efecto ha sido justo el contrario, es decir, se ha ensanchado la línea de costa. 

    Mientras, las consecuencias se van dejando notar en el ecosistema. “Cuando se produce el taponamiento el nivel del agua es muy bajo y como río arriba hay una presa, entre Guadiaro y la desembocadura se pueden ver islas desde la carretera. Hay mucha fauna, como los salmones o las lubinas, que necesitan entrar en el río y salir, y no lo pueden hacer. Los peces que se quedan dentro están acorralados, porque no pueden ir ni río arriba ni río abajo. Con lo cual esto les cambia su ritmo natural”, explicaba Barros al respecto de unas circunstancias que desencadena la falta de oxígeno en las especies marinas. Entretanto en la propia desembocadura del río, como puntualizaba, “se ha perdido mucho valor ambiental en lo que a aves se refiere”. 

    Ante este panorama el consenso administrativo sería el primer paso para poder implementar una solución con ciertas garantías y perdurable. Las fuentes consultadas apuntan hacia la construcción de un dique en paralelo a la playa, algo que se ha hecho en otros puntos de la costa, como Estepona o Málaga. Avalado por ingenieros y previsiblemente sumergido, permitiría contener las corrientes y el fuerte oleaje que cada año amenaza con seguir taponando la desembocadura del río en torno al cual vive la población de Sotogrande y de todo el Valle del Guadiaro.