Una historia de amor y entrega

    El tándem petiseros y caballos de polo dan cada temporada grandes resultados, fruto de una entrega mutua y un trabajo constante basado en la alimentación, el entrenamiento y los cuidados higiénico sanitarios 

    Por Reyes Seijas · Fotos Snoopy Polo

    El polo es un deporte de equipo y como tal, al igual que los jugadores, la selección, el cuidado y el entrenamiento de los caballos es tarea vital para obtener buenos resultados. Son grandes estrellas sobre la cancha, veloces, ágiles, astutos, fuertes y resistentes a la presión. Un animal noble, con una naturaleza cuya intuición y percepción sobre la actitud humana deslumbra sobre el césped y fuera de él. Pero como todo, esto también hay que trabajarlo desde que nacen y de ello se encargan en gran medida los petiseros, cuidadores vocacionales que convierten su profesión en una forma de vida por amor al caballo. 

    Nada más empezar la temporada por excelencia del polo en Sotogrande, con el 50 aniversario del Torneo Internacional, el equipo de SGplus toma rumbo a las cuadras de Ayala Polo Club, para comprobar de primera mano cómo es esta inconmesurable labor con los equinos en busca de la excelencia deportiva, pero siempre anteponiendo su óptimo estado físico y su bienestar. Para ello, hablamos con Cristian Rabanal, que con 39 años profesa una pasión y dedicación plena hacia este animal. La tradición familiar supone un hándicap decisivo en este sector, a él con tan solo 4 años su abuelo lo introdujo en este mundo. “Hazlo por el amor al animal, no lo mires como un trabajo”, es el consejo que este petisero siempre les da a los que deciden empezar. “Puede llamar la atención el hecho de conocer otros países, pero no lo veas como un trabajo, sino como esa pasión al animal”, decía. 

    A la actual raza de polo se ha llegado por la unión inicial hace muchos años del caballo purasangre con criollo. Pero en la actualidad se habla de la cría de caballo de polo y los grandes equipos tienen la suya propia. Son ejemplares que nacen con la vocación impresa en su genética. A los 2 años empiezan con la doma y en torno a los 3 años y medio o 4, nos contaba Cristian, se ponen en manos de los petiseros para empezar, como ellos dicen, “con el manejo, el cambio de mano, la bocha, el taco…”. A los 5 años hay caballos que están jugando, a los 7 ya están en el polo alto, a los 12 años podría decirse que están en su momento culmen y en torno a los 17 se suelen retirar. El campo les espera. 

    Pero mucho antes de que esto suceda, hablamos con Cristian sobre todos los cuidados que estos caballos requieren. Entrenamientos, limpieza del box, alimentación, musculatura y posibles lesiones, dentadura, pelaje, herrajes, etc. El más mínimo detalle suma a la hora de que estos equinos estén bien atendidos y en perfecto estado para la competición. “Los cogemos dos meses antes, vienen de estar en el campo, los traemos y empieza la preparación”, explicaba. Con más peso y más pelo para sobrellevar mejor el invierno, cuando los caballos llegan a España para la temporada primavera verano, una de las primeras tareas de estos cuidadores es cortarles el pelo y prepararles minuciosamente la crin y la cola. 

    En lo referente al entrenamiento, al principio están casi un mes en el que solo los hacen caminar, una hora por la mañana y otra por la tarde. Después les van introduciendo el trote y rebajando la caminata progresivamente hasta alcanzar la hora, alternando 15 minutos de caminata con 15 de trote para que la musculatura vaya cogiendo tono. Los tiempos se van modificando cuando ya está en marcha la temporada, sobre todo, en función del estrés que haya soportado el animal si ha jugado partido el día anterior. 

    Pasión por el caballo de polo

    El ritmo de vida de los petiseros es prácticamente semejante al de los animales que atienden. “Solemos empezar a las seis de la mañana, ponemos a los caballos fuera y se comienza con el limpiado de las camas, se les cambia el agua y después el cepillado, mínimo dos veces al día”. Es el inicio de una rutina que empieza antes del amanecer. A las siete ya están en la pista de vareo para trotar y caminar. A la vuelta, después de una hora, vuelta al limpiado y cepillado.  “Algunos lo hacen al revés, apenas llegan le dan la ración y ya el caballo se queda descansando hasta la tarde, que volvemos a repetir la misma rutina”, explicaba el cuidador. Es esencial el equilibrio entre alimentación y ejercicio. Previamente a la temporada, se les da poco pasto y nada de avena, ya que el objetivo es que pierdan peso y se pongan en forma. Habitualmente comen por la mañana su ración de pasto. Al mediodía una pequeña porción y a la noche se le da un poco más, mezclado con alfalfa. Pero si hay partido previo, se les suele dar menos pasto por la noche y cuando se prevé el partido por la tarde, “hacemos el vareo habitual de la mañana para que el animal tome aire y come principalmente a base de avena, para que no se sienta pesado”.  

    Cristian nos habla de otras figuras esenciales del equipo de trabajo para conseguir lo mejor de estos animales. Los pilotos, un jugador más que se encarga de montar a cada caballo en las canchas y los “taquea” y empieza a trabajar. Los veterinarios, que supervisan constantemente el estado de salud general del animal, les liman las muelas para evitar mordeduras, les atienden con hielo las lesiones o les asisten en los casos de cólicos o posible deshidratación (debido al desgaste en los partidos), etc. Y los herreros, que cada 20 o 26 días revisan y les cambian las herraduras. “Al final en las canchas estamos todos pendientes del animal”, asentía. 

    Sensibles a la climatología, pero sobre todo a los cuidados y la condición humana. Estos caballos de nobleza pura, preparados para desplegar toda su habilidad y fortaleza en la élite deportiva, viven a diario cuidados y entrenados por personas que un día decidieron vivir de su pasión por el caballo del polo.