El escritor algecireño Adrián Blanco Manso debuta con Los dueños del Levante, una historia donde la ambición y los secretos familiares se cruzan con la memoria de una ciudad en plena transformación.

Los dueños del Levante sitúa su historia en el otoño de 1880 en Algeciras, cuando Ramón Balmaseda, un joven de veinticinco años procedente de una familia de tratantes de ganado de Medina Sidonia, llega a Algeciras junto a su esposa Isabel.

Ramón busca una nueva vida después de que su padre arruinara a su familia al avalar las deudas de su hermano. Isabel, en cambio, llega marcada por la muerte de su madre, fallecida el invierno anterior, y abandona su tierra natal porque cada rincón le recuerda su pérdida.

Ramón comienza a hacerse un hueco en la ciudad comprando parcelas y tratando con don Gaspar Santamaría, patriarca de una de las familias que dominan la vida económica y social algecireña junto a los Cano, los Neville, los Mengel y los Valcárcel. Pero mientras él empieza a construir su futuro, Isabel descubre que la casa en la que se han instalado guarda sus propios secretos. Al entregarles las llaves, la propietaria, doña Remedios Valdivia, les pone una condición: no abrir nunca la habitación del fondo, aunque escuchen pasos por las noches. Es entonces cuando Isabel se topa con la historia de Clara Valcárcel, una joven cuyo cuerpo fue encontrado cerca de la desembocadura del río de la Miel y su muerte sigue siendo un misterio. La versión oficial habló de suicidio; su familia sostuvo que había sido un accidente y entre los vecinos siempre quedó la sospecha de que alguien la había estrangulado.

Cuando Ramón adquiere una finca de los Valcárcel junto al cementerio, el vínculo entre la familia Balsameda y el misterio de Clara se estrecha aún. Allí, Isabel encuentra una pista que parece desafiar el paso del tiempo y comienza a tener visiones en las que se mezclan el futuro de su familia, sus conflictos y una figura que aparecerá más de un siglo después.

Nacido en 1992, Adrián Blanco Manso debuta con una novela nacida también de la memoria. Escrita tras la muerte de su madre, el Cementerio de Algeciras se convirtió para el autor en un lugar de silencio y consuelo. Desde ahí construye una historia que, tal y como él indica en el prólogo, reflexiona sobre una pregunta sencilla y profunda: qué queda de nosotros cuando desaparecemos.